Flor de otoño

Flor de otoño

El rodeo mientras nos acercamos a observar una flor de otoño, nos llevará por algunas imágenes de la realidad económica de Uruguay a comienzos de siglo, los parámetros de la carta natal de nuestra consultante de esta historia, las incomodidades que el oficio supone y algunos datos para entender los embarazos de riesgo, antes de llegar al desenlace de todo el asunto.

Atravesando el tifón

Una de las particularidades del oficio astrológico consiste en un relativo aislamiento que el practicante vive respecto de su entorno en general.

Así, mientras el año 2001 avanza en el Río de la Plata, Argentina se desliza al precipicio de una crisis financiera que tuvo su primer contagio a partir de la devaluación del 40% durante el año 1999, del tipo de cambio en Brasil.

En mi país, Uruguay; todavía quedaba una relativa estabilidad cuando ya había mudado mi pequeño despacho de consulta a un apartamento en el barrio conocido como Pocitos Nuevo en Montevideo -antiguamente denominado: “La Mondiola”-.

Nombres aparte, este pequeño lugar al que se accedía por una estrecha escalera en un primer piso, fue testigo de mi consulta durante un par de años hasta el otoño del 2003, en donde me mudaría a la casona de la calle 21 de setiembre desde la cual ya hemos compartido algunas historias.

En 2001 y 2002, Argentina primero y Uruguay después, vivirían la crisis económico-financiera más profunda de los últimos tiempos.

Mientras eso sucedía, quién suscribe era una sombra más que se deslizaba en el universo paralelo de la consulta astrológica de cada día, si bien el impacto social de la crisis en cada entrevista dejaba entrever que la realidad había cambiado violentamente para siempre.

Por lo demás, mis rutinas continuaban empezando los lunes y terminando los viernes; anotando los datos de mi consulta y escribiendo las cartas natales a mano -como me gusta, bah- mientras el software de construcción estaba empujando a mis efemérides cada vez más lejos del escritorio.

Creo firmemente que mi interés en escribir acerca de las peripecias de mis consultantes nació justamente en ese tiempo al percibir de alguna manera que las personas que asistían con regularidad cambiaron abruptamente y nuevas biografías muy variadas terminaron subiendo la escalerita del primer piso.

Era algo así como una puerta de urgencia frente a los avatares que trastocaban en forma crítica cada biografía, para lo cual, por ejemplo, un psicoanalista no tenía las respuestas adecuadas bajo la presión del apuro.

Pese a los vaivenes materiales, el relato de hoy nos llevará hacia otros lugares por lo que solamente tomaremos el 2001 como el año del primer contacto con Sabrina.

Un mapa singular

La carta que reproduzco a continuación mediante el software de Astrodienst AG nos pondrá en escena una nueva vida a la que tuve el privilegio de asistir como espectador en primera fila:

Una mujer elegante, acaso debido a la clásica combinación Capricornio desde el Este y Venus promediando la constelación de la Virgen, subía al despacho y ocupaba el pequeño sillón.

Entonces mi consultante tenía que sostener el encuentro con un astrólogo que practicaba una escuela casi en desuso a principios de este siglo, ya que había sido desplazada por su hermana más glamorosa la Astropsicología o Astrología Psicológica, totalmente en boga por entonces.

La marejada que ya se notaba en Uruguay, era un huracán en Argentina; sin embargo, la conversación con Sabrina nos llevaría por otros rumbos a mi juicio más “normales”.

Al menos, pensé; me sacarían por una hora de lo que el incrédulo gerente de banco vendría luego a contarme muy a su pesar, tratando de entender qué cosa era todo aquello que se abatía sobre su vida de certezas.

Sabrina algo ajena a toda la depresión económica circundante, estaba más preocupada por su lugar de vivienda y durante el primer examen de su carta -que se repetiría a lo largo de muchos años-, nos fuimos entonces por el laberinto del llamado “domicilio nocturno”.

Como la progresión indicaba al llegar a las orillas de Géminis en poco menos de dos años, mi parecer era que el domicilio sería inestable y al menos compartido entre dos lugares por un plazo de unos seis años.

Entonces y sin que fuese un tema central de la consulta, la descendencia como evento biográfico presentó sus credenciales en el pronóstico.

La incomodidad cotidiana

Una de las molestias que hacen mi viaje poco confortable con la herramienta, es la colisión entre la realidad del consultante durante el evento de la entrevista y lo que sostiene el sistema.

Siempre tengo que andar mediando entre esas informaciones y la verdad que termino como si fuese caminando en un día de frío vestido de forma incómoda, tal como sostiene de forma magistral Julio Cortázar en mi cuento preferido de su obra titulado “Que no se culpe a nadie”:

El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel,
pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de
casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul,
cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse
encerrando, alejando…

Que no se culpe a nadie – Julio Cortázar

Así voy yo cada día, encerrado y alejado por obligación de la herramienta, en suma; enfrentado y expuesto a la incredulidad de las personas al primer contacto con su carta, tal como si les estuviese hablando de la vida de otro que no conocen.

Sabrina trata de guardar su compostura frente a mis desvaríos detrás de su sonrisa amistosa, mientras el sistema emite su fallo inapelable de su maternidad basado en el paso de Marte como regente de la Casa V encima de la constelación de la Lira en el momento del nacimiento.

Con qué gusto me habría quedado yo de seguir por la senda de la Astrología Psicológica y no tener que jugarme en esta especie de coliseo de la ventura en donde transito más incómodo y poco tengo para ganar, pero bueno; al final de cuentas y como si de una marioneta se tratase; el astrólogo judiciario no tiene más remedio que lanzar su pronóstico de maternidad ya que la herramienta niega cualquier negociación o súplica en su modelo más rancio:

Usted va y le dice que será madre —sentencia.

Ahí le suelto yo tal asunto, esperando el clásico comentario frente al atrevimiento al que soy empujado de forma frecuente.

Qué curioso Alvaro; en realidad no tengo previsto el tema de la maternidad como una meta en mi vida, ni me lo planteo por el momento; más allá que tengo diagnosticados unos quistes en mis ovarios que dificultan la situación si en algún momento decidiera tal cosa. Mi capacidad de ser madre está menguada particularmente y si te parece bien, dejemos el tema para otro momento; ¿sí? —me respondió con calidez

Siempre le agradezco a mi consulta, la empatía con la que toman mis pronósticos, porque su tolerancia me permite continuar con mi tarea, pese a los problemas que tengo con el mecanismo.

Comentamos otros temas que completaron la entrevista y Sabrina se despidió para dejarme expuesto al gerente impaciente que ya insistía en el timbre abajo en la puerta, quince minutos antes de la hora agendada.

Una entrevista reiterada

Por espacio de los siguientes años y hasta el 2012, volví a hablar con Sabrina en algunas ocasiones; algo así como unas seis veces desde nuestra consulta del 2001.

Es más, ella tuvo el gesto de recomendarme a personas de su entorno a quienes enviaba con confianza, pese a mi discurso incómodo.

Varió su domicilio, alternó su actividad y tuvo idas y vueltas con su vida afectiva durante toda esa década.

En mi humilde defensa diré, que la tasa de acierto ameritaba cada nueva consulta, salvo claro, el pronóstico de su maternidad que en la medida que pasaba el tiempo, empeoraba las probabilidades hasta el escenario de lo ridículo.

Pensaba para mis adentros, para qué me metía en tal aseveración, exponiéndome una y otra vez a lo mismo.

El sistema cada vez que miraba la carta de Sabrina de alguna manera en una visión cuasi oligofrénica me espetaba:

Muere siendo madre, ¿algo más?

Usualmente y por lo que he visto, las mujeres en la segunda mitad de su década de los treinta, tienen -en caso de no haber sido madres- un cruce de caminos, apurado de un lado por su aparato genital y por otro desde las evaluaciones de la ciencia médica que, lógicamente aumenta sus advertencias respecto no ya de los peligros propios para la madre, sino de las eventuales consecuencias del bebé.

La lectura del examen de amniocentesis se vuelve más crítica, aprendamos entonces un poco más acerca de ella:

La amniocentesis es una prueba que se realiza durante el embarazo para diagnosticar ciertos trastornos genéticos, defectos congénitos y otros problemas de salud en un feto. Por lo general, la prueba se realiza durante las semanas 15 y 20 del embarazo. La amniocentesis analiza una muestra de líquido amniótico.

Lo mismo sucede con la denominada “translucencia nucal”, veamos:

Para medir el pliegue de la nuca se realiza un ultrasonido abdominal (no vaginal). Todos los fetos tienen algo de líquido en la parte posterior de su cuello. En un bebé con síndrome de Down u otros trastornos genéticos, hay más líquido de lo normal. Esto hace que el espacio luzca más grueso.

También hay que mencionar el coeficiente de riesgo por rango etario, calculado entre la edad de la madre y las probabilidades de una alteración genética en el bebé.

Así mientras una madre de 25 años tiene 1 caso entre 1562; cuando la madre tiene 42 años la estadística indica que se da 1 caso entre 75.

A su vez, Sabrina padece de quistes de cuerpo lúteo; veamos un breve concepto:

Los cambios en el folículo del ovario luego de la liberación de un óvulo pueden causar que la abertura de salida del óvulo se cierre. Se acumula líquido dentro del folículo y se desarrolla un quiste con cuerpo lúteo. Aparecen después de la ovulación y tardan un tiempo (hasta unos meses) en desaparecer.

Quién me manda meterme a mi con el dichoso pronóstico de embarazo de Sabrina.

Flor de otoño

Cada noviembre aquí en el Sur de Uruguay, la sequía de la primavera ya se ha retirado.

Y la del año 2012 no es la excepción.

Sabrina me llama algo así como “fuera de agenda” para ver si la puedo insertar en mi viernes de consulta, por lo que la espero mirando como de costumbre por la celosía de la ventana de la fachada de la casa.

Es algo así como un acto de espionaje en donde puedo ver a los transeúntes mientras aguardo el siguiente turno, caminando rápido bajo una llovizna que ya mezcla algo de temperatura rumbo del verano con la clásica humedad de Montevideo.

No es que llueva fuerte, más bien es una especie caída molesta de agua sumada a la irregularidad de las baldosas de la calle 21 de setiembre cuando termina en Bulevar España.

La estabilidad al caminar de cualquier persona se ve comprometida porque parece que a uno siempre se le ocurre cargar objetos de más cuando va moviéndose con un paraguas en una mano de tal manera que sobrecarga el otro brazo y nos terminamos preguntando para qué justo hoy tengo que cargar cosas que podría haber dejado en casa o en el auto, en lugar de acarrearlas bajo la lluvia y aumentar los problemas.

Además, están construyendo un edificio en la acera de enfrente de la casa desde donde observo, lo que achica el ancho de la vereda; entonces, las baldosas que ya estaban deterioradas de por sí, son sustituidas por un piso de tablas en forma de túnel más los andamios del nuevo edificio forrado también con el mismo material tanto en los parapetos como en los muros de la construcción.

Y el agua se encharca entre los huecos de las tablas para el acceso de los camiones, y los autos pasan rápido, y algunas alcantarillas no pueden desagotar a la velocidad adecuada las lagunas que se van generando por el declive de la calzada.

Indudablemente la lluvia no está diseñada para la ciudad.

La salpicadura provocada por los neumáticos de los autos que pasan tiene una puntería formidable que se dirige invariablemente hacia las bolsas que uno carga y lo que tenga puesto por debajo de las rodillas, aunque su blanco preferido es el interior de los zapatos. Al mismo tiempo, no se sabe muy bien cómo poner el paraguas, para que sus puntas no se traben con las columnas de los andamios.

Con estas sombrillas impermeables y sus costillas de metal deambulando de un lado para el otro, uno ya calcula cuál de los peatones que vienen de frente nos golpeará en la cabeza, o que estas cosas en un acto de vida propia de forma independiente de quién empuña tal objeto, terminen en un ojo.

Bueno, dejemos atrás la coreografía grotesca de esgrima puesto que la tarde ya se termina en esta esquina.

Hacia la hora de la consulta, distingo a Sabrina bajando por Bulevar España y doblando por 21 de setiembre.

Ni paraguas, ni bolso, ni apuro.

Parece que no le molesta demasiado la poca lluvia que cae despacio.

Cruza rápido desde la esquina, por lo que salgo a la carrera hacia la puerta de acceso.

Luego del saludo y mientras se despoja de la ropa que le sirve de protección para el agua, sin darme tiempo para la conversación protocolar antes de cada consulta me suelta con los ojos bien abiertos antes de siquiera sentarse:

Estoy embarazada.

Su semblante es una mezcla de estupor y ansiedad mientras me parece escuchar una carcajada desde su carta natal detrás mío en el escritorio.

Más allá del balbuceo aturdido de “no sé cómo pasó”, tenemos que focalizarnos en otros problemas.

Han pasado once años desde la primera consulta y Sabrina se encuentra cursando su quinto mes de embarazo.

Ahora el reloj marca que vive su año 45 y conversamos brevemente acerca del proceso con su ginecólogo frente a este evento “fuera de curso” con todas las alarmas encendidas.

Tengo que volver sobre su carta ahora con una pregunta mucho más grave y refiere al estado de la niña que se encuentra hospedada en su útero con fecha probable para marzo del 2013.

Otra vez me asalta la incomodidad de mirar de soslayo la carta natal a ver qué imprimirá el pronóstico cuando muchos boletos apuestan al problema.

En lugar de mirar directamente el tema, más bien me asomo con temor a la técnica de derivación.

Del otro lado de la línea me contesta la operadora del sistema, algo así en mi imaginación como la pitonisa que está de guardia:

De acuerdo con la domificación derivada tenemos un excelente viaje de la niña en relación con su vida, salud, desarrollo y posibilidad; ¿cuál sería su interrogante?—empieza

Bueno -contesto en mi interior sin hablar mirando a la operadora celestial que está frente al monitor en el sistema y a su vez tratando de no levantar la vista para que Sabrina no se dé cuenta de mi aturdimiento-; es que estoy preocupado por la edad de la gestante, ¿sabe? y más allá de sus problemas de salud y del pronóstico que se ha cumplido parcialmente de la secuencia: concepción/embarazo/parto, las condiciones pueden ser sombrías, ¿no? —repregunto una vez más

Como seguramente habrá visto, -si es que para algo le han servido todos estos años frente al sistema-, no existen complicaciones ulteriores y la carta no es técnicamente interesante para dificultades en la descendencia. ¿Algo más? —me contesta.

Bueno, quisiera saber cómo se lo comunico y sueno convencido para darle la tranquilidad que no tengo. —respondo con una nota de súplica.

Ese no es nuestro problema; se hubiese dedicado a Astrología Psicológica pero la verdad en su caso parece algo tarde. —remató.

Volví a levantar mi cabeza luego de esta comunicación interna más parecida a un desvarío esquizoide que a un razonamiento y con mi mejor sonrisa, tranquilicé a Sabrina:

No veo ningún problema. La niña vendrá sin dificultades y tendrá una excelente vida; así que estamos muy bien.—empecé

¿Estás seguro Alvaro? Mirá que mi médico más allá que la amniocentesis y la translucencia nucal dieron dentro de los rangos, está muy preocupado.

Bueno; —contesté: Aquí no hay nada que indique dificultades.

Terminamos la consulta apenas mencionando otros temas de los cuales no teníamos interés y la acompañé a la puerta.

Simplemente y a modo digamos de exorcizar el miedo flotando en el ambiente le solté:

Espero que me dejes hacer su carta y fijate bien la hora de nacimiento así tenemos buena precisión para el pronóstico.

Epílogo

La verdad no sé cómo hacen los otros astrólogos para confiar en la herramienta.

Yo la siento incompleta, muchas veces oscura, pero a su vez puntual y con una tasa de fallo muy baja.

Como no tengo mucha idea de su funcionamiento original a su vez, me confunde al soltar un pronóstico.

Nunca estoy seguro, voy deambulando a ciegas tratando de montar un presagio mientras me asaltan las dudas y por más entrenamiento que tenga, siempre me queda más por conocer que lo poco que mínimamente leo.

A veces, sin embargo, la operadora celestial del sistema me observa entre curiosa y con cierto desdén, cuando voy a ensamblar la siguiente carta.

Como por ejemplo cuando tuve que hacer la carta de Lara, la hija de Sabrina, que es una preciosa flor de otoño y cuando escribo estas líneas ya cumplió sus diez años.


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Las imágenes de los diagramas de cartas natales, fueron realizadas utilizando el software de Astrodienst AG, disponible en https://astro.com

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